Paranormal

A las 8 de la mañana no es fácil encontrar gente por la Dehesa de Navalcarbón. Son horas de tráfico, de atascos, de llevar a los niños al cole o de entrar en la oficina. Pero no de correr. Y menos por este paraje solitario pegado a Las Rozas. Durante las últimas semanas, por motivos laborales, éste se ha convertido en mi particular campo de batalla en la preparación de la Maratón de Boston.

Es una soledad voluntaria, elegida, añorada, para alejarme del bullicio de Madrid. Prefiero esto al parque de El Retiro, donde casi tendrían que poner semáforos para regular el tráfico de corredores. Aquí corro a mi aire, absorto, alejado de los problemas mundanos, sin nadie que me recuerde los asuntos terrenales. Serpenteo por sus colinas ausente de todo lo que ocurre fuera de mí. Es una preparación física para la inminente maratón pero, sobre todo, es un entrenamiento mental que me mantiene en equilibrio.

Por eso, me sobresalto al ver una silueta en el horizonte. No es normal. Y menos tan temprano. Pero apenas le doy importancia. Lo achaco a mi cada vez más enconada ceguera. Cosas de la edad, con los años los objetos lejanos han pasado de tener forma a tener volumen sin apenas detalle para mi añeja visión. Y lo que veo a lo lejos no sé si es una figura humana, un árbol o simplemente mi imaginación.


Vuelvo otra vez a mis pensamientos. Pero pasan unos pocos minutos y esa figura vuelve a aparecer. Esta vez más cercana, esta vez menos difusa. No hay dudas, alguien está merodeando por aquí. No acierto a ver quién es, ya que la bruma difumina los contornos. Lo que sí me queda claro es que esta mañana no estoy solo por aquí. Si tengo compañía, quiero saber quién, así que me desvío de mi camino y corro en dirección a esa aparición. Apenas he apartado la vista de donde ésta se encontraba, y ha desaparecido. Miro alrededor, pero no encuentro a nadie. Se ha desvanecido, como si se hubiera evaporado.

Intento que este pequeño incidente no me desconcentre. Pero es inevitable que ahora ande alerta. Miro a todas partes, cualquier leve ruido ya sí que me sobresalta. Toca la parte del recorrido más frondosa y, por un momento, me planteo si desviarme y regresar a cielo abierto. Tampoco es plan. Sea quien sea, no creo que haya venido a molestarme. Lo que me incomoda es que me esté siguiendo. Si quiere algo, lo más fácil sería acercarse a pecho descubierto en lugar de andar a hurtadillas.

Lo que sí me deja completamente aterrado es el sonido de cadenas que viene a continuación. Si este desconocido tenía buenas intenciones, creo que este ruido me impide depositar mi confianza en él. Suena como si fueran muy pesadas, porque se escucha arrastrándolas. Es un movimiento acompasado, que se mezcla con las ráfagas de viento que mecen los árboles en esta fría mañana de primavera. Tan gélida que el ambiente corta como cuchillos afilados. Un grito rompe un silencio que ya era cargante. “¡¡¡Eeeeehhhh!!!”. Procede del mismo lugar de donde se escuchaban las cadenas.

Decido que es el momento de ponerle freno a mi curiosidad. Prefiero no saber a quién pertenece esa silueta antes que encarar una realidad que cada vez me aterra más. Por primera vez en la mañana, siento ese escalofrío que anticipa el miedo. Soy una persona sosegada, que no se suele dejar llevar por este tipo de impulsos. Así que desando el camino y tomo rumbo hacia mi coche. Prefiero no mirar atrás. Por si acaso. De hecho, noto que me han subido las pulsaciones. No sé si es porque he aumentado el ritmo, para volver lo antes posible, o porque la inquietud me invade. Trato de calmarme. Ya estoy llegando. Busco las llaves en el bolsillo del pantalón sin detenerme, ya estiraré en otro momento. Ahora lo único que me preocupa es entrar lo más rápidamente posible en el coche y olvidar lo que ha pasado.

Apenas sin tiempo de recuperar el aliento, llego al aparcamiento. No hay nadie. Aún es demasiado temprano. Me seco el sudor y me dispongo a entrar en el coche. En ese instante, me quedo petrificado. Noto el aliento de alguien a mi espalda. Me giro y compruebo que es igual que la figura que había visto varias ocasiones en los minutos previos. Un hombre de mediana estatura, no muy corpulento, con un poblado bigote que prácticamente le tapa la boca. No puedo ocultar que estoy aterrado.

  • Me llamo Tomás, soy el guarda de la Dehesa”, se presenta.
  • Un gusto”, le respondo titubeando.
  • Llevo toda la mañana detrás suya para devolverle esto”, me dice mientras muestra las llaves del coche.
  • Ups, qué cabeza tengo, ni me había dado cuenta”.

Extiendo la mano para que me las dé y, antes de devolvérmelas, hace un amago y sonríe sarcástico. Si pretendía parecer familiar, ha conseguido todo lo contrario.

  • Tiene suerte de que me las haya encontrado junto al pozo. No hubiera podido ir demasiado lejos sin ellas. Llevo detrás suya intentando alcanzarle un buen rato. ¡Pero no paraba de correr!”.
  • No sé cómo agradecérselo”, intento parecer complacido. Pero no puedo dejar de mirar las cadenas que lleva.
  • Voy a seguir con mi tarea”. Da explicaciones sin que yo se las pida. “Toca seguir abriendo y cerrando cancelas, que en breve estarán ya por aquí todos los jubilados que vienen a andar”.
  • Que vaya bien la mañana”, me despido.

Arranco el coche. Miro para atrás. Ya no está…

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